Si alguna vez has pensado “este jamón ibérico no sabe exactamente igual que el del año pasado”, tenemos una buena noticia: eso no es un fallo, es una virtud.
En el mundo del ibérico, la variación no solo es normal, sino que es una señal clara de autenticidad, respeto por el producto y conexión con la naturaleza. De hecho, que un jamón cambie de un año a otro es una de las mayores pruebas de que estamos ante un producto real, vivo y ligado al campo.
El jamón ibérico es un producto vivo (y eso se nota)
A diferencia de los productos industriales, el jamón ibérico no es un producto estandarizado ni replicable al milímetro. Cada pieza es el resultado de un proceso largo y natural en el que intervienen muchos factores que cambian de un año a otro.
Desde el nacimiento del animal hasta el final de la curación pueden pasar varios años, y en todo ese tiempo influyen variables imposibles de controlar al cien por cien. Igual que ocurre con el vino o el aceite de oliva virgen extra, cada campaña tiene su propia personalidad y su propio carácter.
La montanera: el origen de todo
Uno de los factores clave es la montanera, la fase final de la vida del cerdo ibérico.
Durante este periodo el cerdo vive en libertad, recorre la dehesa y se alimenta principalmente de bellotas y pastos naturales, ganando peso de forma lenta y equilibrada. Este estilo de vida es fundamental para que la grasa se infiltre correctamente en el músculo y se desarrollen los aromas característicos del jamón ibérico de bellota.
Pero no todas las montaneras son iguales. Hay años con más lluvia y una producción abundante de bellota, y otros más secos, con menor disponibilidad de alimento natural. También varía la calidad del fruto, el tipo de pasto y el ritmo de engorde del animal.
Todo eso se traduce directamente en matices distintos en el sabor, el aroma y la textura de la grasa del jamón.
La alimentación influye más de lo que imaginas
La bellota no es siempre igual. Según el año, puede variar su contenido graso, su dulzor y su perfil aromático.
Estas diferencias afectan a aspectos clave del jamón como la infiltración de la grasa, la untuosidad en boca, la persistencia del sabor y el equilibrio entre notas dulces, salinas y umami.
Por eso hay campañas con jamones más suaves y envolventes y otras con perfiles más intensos, profundos o aromáticos. No es mejor ni peor, es simplemente distinto.

El clima también deja huella
La temperatura, la humedad y los cambios estacionales influyen tanto en la vida del animal como en la posterior curación del jamón.
Durante los más de 24 a 36 meses que dura este proceso, cada invierno, cada verano y cada oscilación térmica va moldeando lentamente el producto. El secado, la maduración y el desarrollo de aromas dependen en gran parte de esas condiciones naturales.
Por mucho control que exista en bodegas y secaderos, la naturaleza sigue marcando el ritmo, y eso se nota en el resultado final.
El tiempo y la mano del maestro jamonero
Aunque el proceso sea artesanal y esté muy supervisado, el jamón no se fabrica, se acompaña.
El maestro jamonero observa, palpa, huele y decide cuándo una pieza está lista para avanzar a la siguiente fase o para salir al mercado. Ajusta tiempos de secado y bodega y respeta el ritmo natural de cada jamón.
Por eso, incluso partiendo de animales similares y del mismo origen, no hay dos campañas idénticas ni dos piezas exactamente iguales.
Entonces, ¿por qué es buena señal que no sepa igual?
Porque significa que no es un producto industrial, que proviene de animales criados en libertad, que depende del campo y de la naturaleza, que respeta los ciclos naturales y que mantiene su autenticidad.
Un jamón que sabe siempre igual, año tras año, probablemente ha sido excesivamente estandarizado y ha perdido parte de su esencia.
En Cerdoh! celebramos esas diferencias
Para nosotros, cada jamón cuenta una historia: la del campo, la del año, la de la montanera y la del tiempo y la paciencia.
Por eso defendemos un ibérico real, honesto y sin artificios, donde cada campaña tiene su propio carácter y su propio matiz. Y sí, por eso a veces notas diferencias. Y sí, eso es exactamente lo que buscamos.
Que el jamón ibérico no sepa igual todos los años no es un problema. Es la prueba de que estás ante un producto auténtico, vivo y ligado a la naturaleza.
Cuando entiendes esto, cada loncha se disfruta todavía más, porque no solo estás probando jamón, estás probando un año concreto, un campo concreto y una historia irrepetible.

