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Carta abierta a un amante del jamón (ibérico de bellota)

Querido amante del jamón, de las pequeñas cosas y de la buena vida:

Te escribo para hablarte de todo lo bueno que el jamón me ha dado. Porque, querido amigo, con el tiempo me he dado cuenta de algo: el Ibérico de Bellota tiene una asombrosa capacidad para transformar un momento sencillo en un recuerdo de esos que te hacen sonreír. Casi llorar.

Empezaré por el principio, nada de construir la casa por el tejado. Desde que el ibérico es ibérico, ha existido un debate abierto para determinar qué es mejor, si el jamón ibérico o la paleta ibérica.

Porque son muchos, amigo, quienes rechazan la paleta y defienden el jamón basándose en un clásico que, no por ser clásico, es verdadero. Dicen que “cuesta más, ergo es mejor”. Y puede que, en ocasiones, se cumpla esa máxima pero en lo que nos ocupa, la cantidad no determina la calidad. Por eso, te confesaré por qué la paleta ibérica de bellota me ha robado completa (e inevitablemente) el corazón.

Desde que era pequeña el jamón siempre ha tenido un lugar reservado en mi casa, mi padre siempre ha sido un loco enamorado de sus sabores y de sus momentos. Cada vez que veía las patas de un jamón ibérico colgadas entraba en una especie de trance que le empujaba a regresar a casa con un jamón bajo el brazo y la sonrisa de un bebé en los labios. Y, puestos a confesar, te diré que su pasión por el jamón le costó más de una visita a Urgencias por algún corte fallido y alguna que otra disputa con mi madre (ella siempre decía que no había sitio para poner el jamón, pero luego, bien que se lo comía).

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Por esto que te cuento, habrás notado que nosotros siempre fuimos muy de jamón ibérico. Pero, ay amigo, llegó la maldita crisis y tuvimos que buscar opciones más económicas. Fue entonces cuando, con todo el dolor de nuestro corazón, nos pasamos a la paleta ibérica de bellota. Como comprenderás, para nosotros, en casa, aquello fue como cambiarse de equipo de fútbol de un día para otro. Y quizá por eso nunca olvidaré el primer día que la paleta entró en casa.

Fue una tarde de invierno cercana a la Navidad. Mi padre decidió “estrenar” la paleta para ver qué tal estaba (antes de compartir tal manjar con los invitados quería asegurarse de que era digno de la ocasión). No hicieron falta palabras: cuando la fina loncha encontró descanso en su paladar sus ojos hicieron chiribitas. Como un niño pequeño cuando prueba por primera vez una golosina o un helado. Comenzó a cortar sin descanso mientras nos decía, sin palabras, que aquello estaba de muerte. Toda una comunicación basada en “mmms” y “ohs”.

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En ese momento lo comprendí.

Aquel día mi padre, un fiel representante de los amantes del jamón ibérico, me enseñó que a veces menos es más, que las cosas valen más o menos por lo que te hacen sentir o por las emociones que despiertan en ti, y no por lo que te cuestan. Que a veces las circunstancias que envuelven a un hecho concreto son lo que dota de significado a las cosas.

Aquel día, con sus ojos haciendo chiribitas y con la posterior tapita de paleta ibérica de bellota que nos puso a todos, bastó para convertirme en una fan incansable. Una fan para siempre. Por su sabor. Por aquel momento en familia. Por la expresión de la cara de mi padre al probarla. Por ese pequeño instante en el que comprendimos que saber disfrutar de las cosas más sencillas convierte la vida en un viaje apasionante.

Y ya me despido, no quiero robarte más tiempo. Pero antes, quería compartir contigo una pequeña reflexión que siempre quise dejar por escrito. En la vida, habitualmente, te encuentras con dos tipos de personas: las que prefieren la carne más o menos hecha, las que disfrutan con la tortilla de patata con o sin cebolla o los que eligen entre el jamón ibérico o la paleta ibérica… Pero, también, en ocasiones encontramos a un tercer tipo entre los que me incluyo: aquellas personas que saben apreciar lo bueno allá donde se encuentra. En la tortilla con o sin cebolla pero bien hecha. En la carne al punto, hecha o cruda pero bien cocinada. En el jamón o en la paleta pero, siempre, ibérica de bellota. 🙂

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